Plan de partición de la Comisión Peel de 1937: origen, propuesta y fracaso

En julio de 1937, la Comisión Peel -enviada por el gobierno británico para investigar las causas de la revuelta palestina de 1936- propuso por primera vez la partición formal de Palestina.

La llamada solución de los dos Estados sigue siendo hoy el principal plan sobre la mesa para resolver el eterno conflicto entre Israel y Palestina. El remedio de la partición todavía es el que defiende oficialmente buena parte de la comunidad internacional, aun cuando la realidad sobre el terreno no permite precisamente ser optimista de cara a una futura creación de un Estado palestino.

Pero si aún se mantiene vigente la idea de la solución de los dos Estados es porque su legitimidad radica en el plan de Naciones Unidas para la partición de Palestina de 1947. Como es bien sabido, la Asamblea General fijó en la resolución 181 unas fronteras para las dos comunidades, árabe y judía, en base al mayor asentamiento de unos y otros. También estableció que Jerusalén y Belén quedarían bajo control internacional.

Lo que no se recuerda tanto es que el plan de partición de la ONU tuvo un inmediato precedente: la propuesta de la Comisión Peel de 1937.

Las promesas británicas y el origen del problema

Hay otra forma de explicar lo que es la Comisión Peel, aunque pueda sonar burda: el primer intento de los británicos de arreglar el desaguisado que ellos mismos habían causado.

Acabada la guerra, se descubrió el engaño. Los árabes vieron cómo las promesas de soberanía caían en saco roto. Las grandes potencias se adjudicaban el pastel otomano, mientras que la minoría judía en Palestina ya contaba con un documento que avalaba su sueño de lograr un Estado hebreo.

Ya desde el principio se adivinaba que el mandato sería un campo de minas. Ese mismo año tuvieron lugar en la ciudad de Jaffa unos graves enfrentamientos entre musulmanes y judíos, que serían el precedente de los disturbios de la década siguiente.

Sin embargo, los años veinte fueron relativamente pacíficos, aunque se iban cociendo a fuego lento los conflictos que estaban por llegar. En parte, la demografía explica esa calma tensa: la mayoría seguía siendo aplastantemente árabomusulmana y la inmigración judía aún no representaba un peligro real para los árabes.

La demografía de Palestina bajo el Mandato

Los hebreos, según el censo británico de 1922, sumaban poco menos de 50.000 personas, por más de 550.000 musulmanes y unos 80.000 cristianos.

ComunidadPoblación según el censo británico de 1922
Hebreospoco menos de 50.000 personas
Musulmanesmás de 550.000
Cristianosunos 80.000

Las élites árabes vivieron un proceso de politización hacia un nacionalismo que combinaba de forma vaga ideales panarabistas y la concepción de una nación palestina propia.

Sin embargo, la falta de liderazgo, las viejas estructuras en clanes y las enormes diferencias entre campo y ciudad impidieron que se organizara como un movimiento lo suficientemente sólido como para marcar la agenda de los británicos.

Por contra, el sionismo contaba con el apoyo del dinero de toda la comunidad judía extranjera y fue construyendo unas estructuras paraestatales cada vez más sólidas y equiparables al mundo occidental.

Una convivencia cada vez más difícil

Varios factores contribuyeron a que la situación se agravara a finales de la década.

Para empezar, nuevos disturbios. En 1929, un incidente menor en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, acabó con un brote de violencia que se extendió por todo el país. Se contabilizaron unos 600 muertos, 300 por cada lado.

Todavía eran estallidos espontáneos, al margen de las élites de ambas comunidades, pero pronto irían escalando.

En consecuencia, la comunidad judía creó la Haganá, es decir, una fuerza paramilitar que sería el embrión del ejército del futuro Israel.

La clave que mejor explica el deterioro de la convivencia es económica. El campo palestino vivió una grave crisis a consecuencia de una sequía. Las diferencias de renta entre ambas comunidades aumentaron exponencialmente.

La yishuv -comunidad judía- seguía expandiéndose y esta vez lo hacía merced de nuevas oleadas de inmigrantes expulsados por el ascenso del nazismo. La mayoría de estos nuevos habitantes judíos, llegados de la Europa occidental pero también de EE.UU., tenían mayor capacidad adquisitiva que sus predecesores.

Todo ello acabó contribuyendo a que la economía de Palestina dejara de ser compartida por ambas comunidades y quedara segregada. La misión sionista de que el protoestado judío fuera autosuficiente se había cumplido.

Mapa de Palestina bajo Mandato Británico

La revuelta palestina de 1936

Hasta que estalló. Hartos de las malas condiciones de la población palestina y de la pasividad británica ante los ruegos de frenar la inmigración judía, los árabes se organizaron.

El Alto Comité Árabe, el primer órgano unitario del nacionalismo árabe, decidió tomar las riendas y convocar para mayo de 1936 una huelga general y protestas por todo el país.

Reino Unido se dio cuenta de que la situación era insostenible y decidió encargar a William Peel, un lord de estirpe noble y carrera política intachable, un informe que clarificara el estado de la cuestión y fuera más allá: aportara soluciones al embrollo.

La Comisión Peel fue, por tanto, creada para investigar las causas de la revuelta palestina y formular una propuesta capaz de resolver la crisis política, social y territorial del Mandato británico.

El informe de la Comisión Peel

En julio de 1937 la misión emitió su veredicto en un informe que, visto en perspectiva, fue equilibrado y trató de dar una respuesta ecuánime a unos y otros, incluso entonando el mea culpa en la gestión británica.

Peel subrayó que las causas de la revuelta árabe eran las mismas que en 1921 o 1929: el deseo de los palestinos a su independencia.

Peel tuvo clara la incompatibilidad de ambos proyectos nacionales -o, mejor dicho, nacionalistas-.

Así, constataba que la comunidad judía había conseguido organizar «un Estado dentro de un Estado», destacaba el enorme contraste económico entre ambas comunidades, así como entre «la naturaleza moderna y europea del hogar nacional judío» y el mundo árabe, e insistía en que los árabes nunca aceptarían estar integrados en un Estado judío ni los sionistas lo habían estructurado para asimilar a los árabes.

Visto que las dos posturas eran irreconciliables, la única solución pasaba por dividir el territorio en dos entidades separadas, una judía y una árabe.

La propuesta de partición territorial

La propuesta fue tan simple como brutal: crear un Estado judío para los inmigrantes sionistas en las zonas de mayor asentamiento de colonos europeos -Galilea, la llanura costera y parte del centro-, un Estado árabe para la población palestina en el resto del territorio, y una zona internacionalizada bajo control británico en torno a Jerusalén.

El informe incluía las fronteras de ambos estados trazadas según el mayor asentamiento de unos y otros, aunque implicaba movimientos notables de población.

A grandes rasgos, el nuevo Estado judío comprendería el norte y el medio oeste del territorio, con epicentro en la ciudad de Tel Aviv, fundada por colonos judíos en 1909, mientras que el resto correspondería a los árabes.

Se trataba de una porción mayor que incluía a Gaza, todo el sur desértico del país y las áreas en el este de Judea y Samaria, y la comisión recomendaba además que se integrara al futuro estado de Transjordania, en aquel momento también bajo control británico.

Elemento del planPropuesta de la Comisión Peel
Estado judíoEl norte y el medio oeste del territorio, con epicentro en Tel Aviv
Estado árabeEl resto del territorio, incluida Gaza, el sur desértico y áreas del este de Judea y Samaria
JerusalénZona internacionalizada bajo control británico
TransjordaniaIntegración recomendada de determinadas áreas al futuro estado de Transjordania

La Comisión Peel inauguró una lógica injusta, pero incluso esa injusticia -la división de una tierra para entregarle una parte a inmigrantes- no se ha cumplido en su mínima expresión.

La reacción palestina y sionista

El plan de Peel fracasó desde el principio.

Los árabes lo rechazaron de plano: significaba para ellos una derrota, la constatación del éxito del objetivo sionista de arrebatarles parte de su territorio.

¿Qué pueblo aceptaría ceder su tierra ancestral a colonos extranjeros?

La lógica que sustentaba este diseño era profundamente injusta, incluso absurda: ¿qué pueblo en el mundo aceptaría, en nombre de la «paz», ceder parte de su territorio ancestral a un grupo de inmigrantes extranjeros que habían llegado en los últimos años con un proyecto abiertamente colonizador?

¿Aceptaríamos que se divida Chile, Perú o Francia para entregar más de la mitad de su tierra a colonos que han declarado que su objetivo es construir un Estado propio en esa tierra?

Nadie lo aceptaría.

Por su parte, los sionistas adoptaron una posición más ambivalente. Liderados entonces por el laborista David Ben-Gurion, el futuro primer ministro de Israel, celebraron que la propuesta británica reconociera por primera vez un Estado judío, de manera que aceptaron a medias el plan Peel.

Pero para ellos no era la meta final, sino solo un primer paso porque aspiraban a más territorio.

De alguna manera, aprovecharon la negativa más tajante de los palestinos para comunicar un rechazo menos acentuado y seguir trabajando discretamente en sus objetivos.

La retirada de la propuesta

A pesar del rechazo de la mayoría palestina y de la posterior retirada de la propuesta, la idea de partición quedó sembrada.

Reino Unido lo siguió intentando. En vano.

En octubre de 1938, envió una segunda comisión para determinar sobre el terreno las fronteras señaladas por Peel, pero el nuevo informe acabó concluyendo que la partición era imposible.

Mientras los disturbios seguían en Palestina, Londres fue el escenario de nuevas negociaciones entre las partes, que solo sirvieron para rubricar el fracaso, de manera que Reino Unido acabó por dar un giro a su forma de gestionar el Mandato.

Las nuevas medidas apaciguaron a los árabes e irritaron, claro está, a los sionistas.

Los británicos necesitaban ahora calma y optaron por tirar la pelota hacia adelante.

Solo una vez finalizado el gran conflicto, Naciones Unidas trataría de recuperar la idea de la partición de Peel, dibujando esta vez nuevas fronteras con el objetivo de la paz.

¿De dónde surgió la solución de dos Estados?

De la Comisión Peel al plan de Naciones Unidas

La propuesta de 1937 no creó un Estado judío ni un Estado árabe, pero estableció un precedente decisivo para las iniciativas internacionales posteriores.

Aquel principio, injusto en su origen -porque dividía una tierra milenaria para beneficiar a colonos extranjeros-, pasó sin embargo a constituirse como base del derecho internacional para resolver la «cuestión Palestina».

La Asamblea General fijó en la resolución 181 unas fronteras para las dos comunidades, árabe y judía, en base al mayor asentamiento de unos y otros.

También estableció que Jerusalén y Belén quedarían bajo control internacional.

La idea de partición planteada por la Comisión Peel fue, de este modo, retomada diez años después por Naciones Unidas, aunque con fronteras diferentes y dentro de un contexto internacional marcado por la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias.

La expansión territorial y el desplazamiento palestino

El sionismo político dijo aceptar esa resolución, pero en la práctica hizo exactamente lo contrario: en lugar de constituirse en el 56% del territorio asignado al Estado judío, se expandió con la fuerza de las armas sobre el 78%.

En el camino, más de 750.000 palestinos fueron expulsados y cientos de aldeas destruidas.

Nunca se les permitió volver.

La Comisión Peel inauguró una lógica injusta, pero incluso esa injusticia -la división de una tierra para entregarle una parte a inmigrantes- no se ha cumplido en su mínima expresión.

La aceptación palestina de los dos Estados

Décadas más tarde, en un acto histórico de realismo y generosidad política, la Organización para la Liberación de Palestina -única y legítima representante del pueblo palestino- aceptó el principio de los dos Estados el 15 de noviembre de 1988.

Pero ni siquiera eso ha sido aceptado por Israel.

Hoy, esos territorios están ocupados militarmente desde 1967, y el proceso de colonización ha llegado a extremos aberrantes.

La Corte Internacional de Justicia en 2024 declaró esa ocupación ilegal.

Hoy, Israel es un Estado consolidado, reconocido y armado. Palestina sigue esperando.

A 88 años de la Comisión Peel, lo mínimo que merece el pueblo palestino es que el mundo honre la palabra que ha repetido hasta el cansancio: dos Estados para dos pueblos.

Si no se va a cumplir, que al menos se deje de repetir.

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